4. LA INTELIGENCIA EMOCIONAL EN LA PRÁCTICA
La teoría puede estar muy clara, pero luego hay que verse en la situación. ¿Somos capaces de llevar la teoría a la práctica?

Para desarrollar la inteligencia emocional podemos poner en práctica lo siguiente:
- Tranquilizarse a uno mismo. Cuando aparece cualquier emoción, nuestro instinto de supervivencia hace que tengamos un impulso a la acción y por esto resulta fundamental el dominio de los impulsos para el desarrollo de la inteligencia emocional. Pero es imposible llegar a soluciones y acuerdos cuando uno está dejándose llevar por las emociones, ya que en estas situaciones se ve reducida nuestra capacidad para pensar, escuchar y hablar con claridad. Es imprescindible que detectes cuándo te ocurre y sepas parar, aunque sean 5 minutos.
- Escuchar y hablar de un modo no defensivo. El hecho de saber escuchar, incluso en medio de una discusión, es una habilidad imprescindible para llegar a una solución, por no hablar de la importancia de evitar los comentarios defensivos. Los comentarios defensivos son aquellos en los que una persona ignora las quejas de la otra persona y actúa como si fuera un ataque personal, en lugar de intentar arreglar las cosas.
- Si tienes que hacer una crítica, hazlo de manera adecuada. En muchas ocasiones, la manera en la que uno persona expresa sus quejas sí que suponen un ataque personal que dificulta llegar a una solución y no le deja a la otra persona más opción que tomar una actitud defensiva. Recordemos que cuando hablamos de la asertividad, dijimos que la mejor forma de expresar una queja es con el modelo «XYZ», es decir, «cuando dices X me haces sentir Y, pero me habría gustado sentirme Z». Las críticas adecuadas no se centran en la manera de ser de la otra persona, sino en lo que la persona ha hecho y puede hacer. La de una crítica adecuada es ser concreto, y centrarnos en algún hecho que muestre un problema clave que queremos que se cambie (como, por ejemplo, el hecho de llegar tarde a menudo sin avisar). Hay que evitar frases generales “nunca me tienes en cuenta”, y limitarse a lo concreto, señalando también lo que la persona hace bien, lo que no hace tan bien y cómo podría cambiarlo. La crítica debería siempre ofrecer una forma de resolver el problema. De otro modo, la otra persona puede quedar frustrada, desmoralizada o desmotivada.