Beauty by Mary Kay
La historia de Mary Kay Ash…

Promovieron al hombre que ella había entrenado y le pagaron el doble.
Así que, a los 45 años, renunció… y construyó un imperio de mil millones de dólares que dio a las mujeres lo que a ella le negaron.
En 1963, Mary Kay Ash estaba sentada en la mesa de su cocina en Dallas, Texas, escribiendo lo que creía que sería un libro.
Había dedicado veinticinco años de su vida a las ventas directas. Primero en Stanley Home Products y luego en World Gift Company. Construyó territorios en cuarenta y tres estados, entrenó a innumerables empleados y llegó a ocupar un asiento en la junta directiva de la empresa.
Nada de eso la protegió.
Dos veces vio cómo hombres a los que ella misma había capacitado eran ascendidos por encima de ella. La segunda vez, aquel hombre recibió un salario el doble del suyo.
“Esos hombres no creían que una mujer tuviera cerebro”, diría más tarde.
“Aprendí que mientras pensaran así, las mujeres nunca tendrían una oportunidad real”.
Así que renunció.
Y comenzó a escribir todo lo que había aprendido.
El libro estaba pensado como una guía para mujeres que intentaban sobrevivir en un mundo empresarial que se negaba a reconocerlas. Pero mientras Mary Kay trazaba dos columnas en su cuaderno amarillo —una con todo lo que estaba mal en las empresas donde había trabajado y otra con cómo sería la empresa perfecta— comprendió la verdad.
No estaba escribiendo un libro.
Estaba diseñando una empresa.
Solo necesitaba un producto.
Durante años había utilizado una crema facial excepcional desarrollada por una mujer cuyo padre trabajaba como curtidor de pieles. De aquel oficio poco común nació la fórmula. Mary Kay compró los derechos.
Ya tenía el producto. Tenía el plan. Y tenía un socio: su segundo esposo, George Hallenbeck, quien se encargaría de las operaciones mientras ella se enfocaba en las personas.
Invirtieron todo lo que tenían: 5,000 dólares.
La fecha de apertura se fijó para el 13 de septiembre de 1963.
Un mes antes del lanzamiento, George se desplomó en la mesa del desayuno mientras revisaba el balance final. Murió de un ataque al corazón.
Mary Kay quedó devastada.
Su abogado le aconsejó abandonar el proyecto. Su contador estuvo de acuerdo. Una viuda de 45 años no tenía nada que hacer iniciando una empresa de cosméticos.
Mary Kay abrió la empresa de todos modos.
El 13 de septiembre de 1963, “Beauty by Mary Kay” abrió sus puertas en una pequeña tienda en Dallas. Su hijo menor, Richard Rogers, de apenas veinte años, asumió el papel que George debía ocupar. Su hijo mayor, Ben Jr., había aportado los 5,000 dólares iniciales.
La empresa comenzó con un solo estante de productos de color rosa y nueve consultoras de belleza.
Ventas del primer año: 198,154 dólares.
Y eso fue solo el comienzo.
Lo que distinguió a Mary Kay no fue únicamente la calidad de sus productos, sino su filosofía.
Construyó la empresa sobre tres prioridades claras: Dios primero, la familia segundo y la carrera tercero.
Creía que las mujeres no deberían tener que elegir entre la ambición y la maternidad. Creó un sistema que les permitía trabajar desde casa, manejar sus propios horarios y ganar de acuerdo con su esfuerzo, no con su género.
También creía profundamente en el reconocimiento.
Años antes, Mary Kay había ganado un importante concurso de ventas en Stanley Home Products. ¿Su premio?
Una linterna submarina.
Por uno de los mejores desempeños de su carrera.
Se prometió que su empresa jamás recompensaría la excelencia con una humillación.
Introdujo los llamados “Regalos de Cenicienta”: lujos que muchas mujeres nunca comprarían para sí mismas. Joyas con diamantes. Abrigos de piel. Viajes con todos los gastos pagados.
Luego llegó el símbolo.
En 1967, Mary Kay entró a una agencia Cadillac en Fort Worth. Estaba cansada de que la ignoraran en el tráfico mientras conducía su automóvil negro.
Mostró su paleta de maquillaje rosa pálido y dijo:
“Quiero un Cadillac de este color”.
El vendedor dudó… pero aceptó.
Cuando Mary Kay condujo aquel Cadillac rosa por Dallas, todo cambió. Los conductores la notaban. Le cedían el paso. Las consultoras preguntaban cómo podían ganarse uno.
Mary Kay lo entendió de inmediato.
En 1969 entregó los primeros cinco Cadillacs rosas a las directoras de ventas más destacadas durante el seminario anual.
El auditorio estalló en aplausos.
El Cadillac rosa se convirtió en una declaración rodante de logro. General Motors incluso creó un tono exclusivo: Mary Kay Pink Pearl. Hoy, miles de ellos aún recorren las carreteras de Estados Unidos.
Pero los autos eran solo la superficie.
La base era la Regla de Oro.
Mary Kay recordaba nombres, familias, luchas. Llamaba a sus consultoras “sus hijas”.
“Finge que cada persona que conoces lleva un letrero que dice: ‘Hazme sentir importante’”, escribió.
“Haz eso y el éxito llegará”.
La empresa creció.
Salió a la bolsa en 1968. Para 1983, las ventas superaban los 300 millones de dólares. A principios de los años noventa operaba a nivel mundial y era reconocida repetidamente como una de las mejores empresas para trabajar en Estados Unidos.
Hubo desafíos. En los años ochenta, muchas mujeres optaron por carreras tradicionales y el número de consultoras disminuyó.
En 1985, la familia decidió retirar la empresa de la bolsa, priorizando la visión a largo plazo sobre la presión trimestral.
Funcionó.
Las ventas minoristas superaron 1,000 millones de dólares.
La empresa adoptó al abejorro como símbolo: un insecto que, según la teoría, no debería poder volar.
Pero vuela.
Mary Kay amaba esa idea.
En 1996, a los 77 años, fundó la Mary Kay Ash Charitable Foundation, dedicada a combatir la violencia doméstica y el cáncer femenino. Ese mismo año, un derrame cerebral limitó su vida pública.
Falleció el 22 de noviembre de 2001, Día de Acción de Gracias.
Al momento de su muerte, la empresa contaba con cientos de miles de mujeres en decenas de países. Millones habían generado ingresos. Miles habían conducido Cadillacs rosas.
Mary Kay Ash fue rica.
Pero su verdadero legado no fue el dinero.
Fue la oportunidad.
Demostró que cuando las puertas permanecen cerradas, no se suplica.
Se construyen nuevas… y se dejan abiertas para las que vienen detrás.
Ella no solo rompió el techo de cristal.
Instaló un ascensor.
Y su empresa sigue activa…
